Innovación

El descubrimiento del microondas: ¿la mayor serendipia de la historia tecnológica?

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Os contamos la curiosa historia de cómo un ingeniero de radares, sin formación académica alguna, acabó descubriendo el horno de microondas que todos usamos hoy en día. Aviso: es una historia chocolateada.

Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental o causal, o cuando se está buscando una cosa distinta. Encontramos ejemplos de ello en invenciones tan dispares como la penicilina (base de muchos tratamientos farmacológicos en la actualidad) o la Coca-Cola (que pasó de ser un medicamento al refresco más popular de la historia). Pero hay uno de ellos que, por su enorme base científica y técnica, merece un capítulo aparte: el microondas.

Tenemos que remontarnos al final de la II Guerra Mundial para encontrar el origen del horno de microondas que todos conocemos. Hasta ese momento, esta tecnología se usaba prácticamente en exclusividad para radares y dispositivos de seguimiento militar (aunque también se extendía como método de transmisión de señal de televisión, por ejemplo). Y en eso estaba trabajando precisamente un ingeniero estadounidense, el doctor Percy Spencer.

Nacido el 9 de julio de 1894, Spencer se unió a los 18 años a la Marina de EEUU sin apenas formación académica, pero no tarda en interesarse en las comunicaciones inalámbricas empleadas en el ámbito militar, por lo que acaba aprendiendo de forma autodidacta sobre tecnologías de radio y química.

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Spencer trabajaba en aquella época para la Raytheon Corporation, una empresa dedicada a fabricar radares, como jefe de la división de tubos de energía y en la que se estaba tratando de mejorar su rendimiento a la hora de medir distancias, altitudes, velocidades y direcciones de los objetos que encontraba a su alcance.

A finales de 1945, el bueno de Spencer estaba trabajando en su laboratorio con una serie de magnetrones (una suerte de tubos que estaban en plena investigación -se había descubierto apenas una década atrás- y que permiten convertir la energía eléctrica en microondas electromagnéticas). Hasta aquí un día normal en su vida, de no ser porque a Percy Spencer le gustaba el chocolate.

Tal y como suena: el valioso ingeniero gustaba de picar una barrita de chocolate de tanto en tanto mientras trabajaba, por lo que solía llevar una en su bolsillo. Pero un buen día, la barrita comenzó a derretirse en el bolsillo cuando Spencer estaba trabajando cerca de uno de esos magnetrones. ¿Podría ser que el calor que desprenden las microondas pudieran calentar la comida?

Comenzó entonces su propio experimento para confirmar la hipótesis. Para ello, colocó una sartén con un huevo y un bol con palomitas de maíz cerca del magnetrón. El resultado fue de órdago: rápidamente el huevo estaba cocinado y las palomitas habían explotado; listas para comer.

Lo que había descubierto Spencer no era otra cosa que las microondas electromagnéticas de baja intensidad produce vibraciones en las moléculas de agua de los alimentos expuestos a ellas, de forma de estas vibraciones se convierten en calor a gran velocidad. Posteriormente, el propio ingeniero diseñó una caja metálica para potenciar este efecto de las microondas, con un agujero por el que introducía energía de su magnetrón, recogen varias fuentes. Lograba así un campo electromagnético de más densidad y, por ende, una mayor celeridad a la hora de calentar comida.

Era el inicio del horno de microondas tal y cual lo conocemos hoy en día, patentado a finales de 1946 por la Raytheon Corporation (patente 2.495.429 de EEUU) y que comenzó a comercializarse en 1947, aunque su llegada definitiva al mercado profesional fue en 1954 y al doméstico en 1967.

Los comienzos del horno microondas no fueron especialmente sencillos. Había bastantes motivos para ello: su alto coste (unos 5.000 dólares en el caso de los primeros prototipos, 3.000 dólares en el caso de las versiones comerciales), sus dificultades para refrigerarse (necesitaban sistemas de tuberías para enfriar el horno con agua), la falta de comunicación y entendimiento sobre la materia (existía la creencia de que estas ondas podían envenenar o dejar impotente a las personas cercanas) no ayudaron a su expansión.

Pero, como suele decirse, está bien lo que bien acaba. Hoy en día, no hay hogar en el mundo occidental en que no encontremos un horno microondas, que usamos para calentar prácticamente cualquier alimento o bebida. Y, mientras tanto, sus creadores -Raytheon- son ahora mismo uno de los mayores productores de misiles guiados del mundo. Curioso el destino y curiosas las casualidades que depara la ciencia. ¡Qué vivan las serendipias!

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, La Razón, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016 y 2017.